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Kant en 45 minutos

Kant (1724 - 1804)

Kant (1724 – 1804)

Resumen del pensamiento kantiano

          La filosofía kantiana es la culminación del pensamiento moderno pues en ella se cruzan las tres principales corrientes de esta época: el Racionalismo, el Empirismo y la Ilustración. El problema tratado por Kant es el de la posibilidad de lo metafísico. La filosofía kantiana es una filosofía crítica cuyo proyecto supone responder a tres grandes interrogantes: ¿qué puedo conocer?, ¿qué debo hacer? y ¿qué cabe esperar? Estas tres preguntas son los distintos aspectos de la gran pregunta de la filosofía, a saber: ¿Qué es el hombre?

          Responder a la pregunta “¿qué puedo conocer?” exige señalar los principios y límites del conocimiento científico. Puesto que la ciencia es un conjunto de juicios, Kant clasifica los tipos fundamentales: juicios analíticos si el predicado se incluye en el sujeto (no dan información nueva alguna, no son extensivos) y juicios sintéticos cuando el predicado no se incluye en el sujeto (son juicios extensivos y amplían nuestro conocimiento); y juicios a priori si su verdad puede ser conocida independientemente de la experiencia (juicios universales y necesarios) y juicios a posteriori si su verdad es conocida a partir de la experiencia (particulares y contingentes). Los juicios más importantes son los juicios sintéticos a priori, que por ser sintéticos amplían nuestro conocimiento, y por ser a priori son universales y necesarios. La pregunta por el conocimiento se convierte pues en averiguar cómo son posibles los juicios sintéticos a priori (tanto en Matemáticas como en Física) y si son posibles en Metafísica. Esta pregunta se responde analizando las tres grandes facultades de la razón humana: la de percibir (sensibilidad), comprender (entendimiento) y asociar ideas (razón). A cada facultad corresponde una parte de la Crítica de la Razón Pura.

          La “Estética Trascendental”se ocupa de la sensibilidad (facultad de las sensaciones) y trata de las condiciones transcendentales (universales y necesarias) que permiten el conocimiento sensible. El efecto de los objetos en la sensibilidad son las intuiciones (sensaciones), que son dadas a posteriori y constituyen la materia del conocer. Pero, gracias a la forma, las intuiciones se presentan ordenadas en ciertas relaciones. La síntesis de intuiciones o datos empíricos, como materia, y la forma a priori es el fenómeno. Espacio y tiempo son las condiciones de posibilidad de toda experiencia, ahora bien, espacio y tiempo no son propiedades objetivas de las cosas mismas, sino formas a priori de la sensibilidad (intuiciones puras). La presencia de elementos a priori en la sensibilidad posibilita y explica la existencia de la geometría (basada en la intuición del espacio) y de la aritmética (basada en la intuición el tiempo), con lo que Kant justifica que las matemáticas sean una ciencia.

          Percibir no es, aún, comprender los objetos; comprender los fenómenos es poder referirlos a un concepto, y esta es la función propia del entendimiento (facultad de los conceptos). Kant la estudia en la “Analítica Trascendental”, y distingue dos tipos de conceptos, empíricos, que proceden de la experiencia y son a posteriori, y conceptos puros o categorías, que no proceden de la experiencia y son a priori: las categorías (sustancia, causalidad, unidad…), ordenadas en cuatro grupos (de cantidad, de cualidad, de relación y de modalidad), son nociones que no se refieren a datos empíricos pero tampoco son construidas empíricamente por el hombre, pues pertenecen a la estructura del entendimiento. El conocimiento es posible porque aplicamos las categorías a la multiplicidad dada en la sensación, a fenómenos. “Los conceptos sin intuiciones son vacíos, las intuiciones sin conceptos son ciegas.” La física es una ciencia posible, porque sus juicios se basan en categorías del entendimiento (como la de causalidad) aplicadas a fenómenos dando lugar a juicios sintéticos a priori (“Todos los cuerpos son pesados”).

          La “Dialéctica Transcendental” estudia la razón (facultad de las argumentaciones) y concluye que la Metafísica como disciplina científica es imposible. La Metafísica quiere alcanzar las cosas tal y como son en sí mismas, sus objetos son trascendentes ―no empíricos―: el alma, el mundo y Dios. La razón busca encontrar juicios cada vez más generales, aspira a lo incondicionado, al fundamento de los fundamentos, y esa tendencia lleva inevitablemente a traspasar los límites de la experiencia empírica y entonces cae en paralogismos (acerca del alma, del yo), antinomias (acerca del mundo) y pruebas falsas (acerca de Dios). “Dios”, “alma” y “mundo” son pues tres Ideas de la razón incognoscibles pues no tienen una referencia objetiva y que solo pueden tener una función reguladora.

          La filosofía de Kant supone una revolución copernicana en filosofía, su giro copernicano consiste en rechazar la concepción tradicional del conocimiento y considerar que el sujeto es activo, que son las cosas las que se deben someter a nosotros de cara al conocimiento: sólo podemos conocer a priori de las cosas aquello que antes hemos puesto en ellas; podemos comprender el conocimiento a priori si admitimos que conocemos únicamente los fenómenos y no las cosas en sí mismas o noúmenos, tesis principal del idealismo trascendental, que se puede resumir afirmando que sujeto trascendental (el sujeto no empírico del cual se predican las formas aprióricas) constituye la realidad en el propio acto del conocimiento y por ello sólo conocemos fenómenos.

          En el ámbito de la razón práctica el punto de partida de la ética que permite responder la pregunta “¿Qué debo hacer?” kantiana es el “factum de la moralidad“, el hecho moral: la existencia del deber. Todos los hombres tienen conciencia de estar sometidos a prescripciones morales. Esta conciencia del deber es conciencia de una determinación de la voluntad que posee características análogas a las de la experiencia de conocimiento: la universalidad y la necesidad. El hombre no está dirigido necesariamente a realizar el bien, por ello el deber se le presenta como un mandato. Los imperativos o mandatos pueden ser hipotéticos o categóricos. Los imperativos hipotéticos mandan una acción porque ésta es un buen medio para la realización de un fin (“debes hacer X si quieres conseguir Y”). Los categóricos mandan la realización de una acción porque esa acción es buena en sí misma (“debes hacer X”).

          Hasta Kant las éticas habían sido materiales, su ética es formal. Los preceptos de toda ética material son hipotéticos, empíricos, por lo que no valen absolutamente, sino sólo de un modo condicional, como medios para conseguir un fin. Además, las éticas materiales son heterónomas pues en ellas el sujeto se tiene que someter a la realidad, es ésta la que impone sus condiciones, el sujeto tiene que plegarse al orden del mundo. Por el contrario la ética kantiana es autónoma: un sujeto es autónomo cuando tiene la capacidad para darse a sí mismo sus propias leyes, y Kant afirma que sólo las acciones morales son autónomas, cuando la determinación de nuestra voluntad no nos viene de fuera, del mundo, o de la religión, sino de nosotros mismos, de nuestra conciencia, actuamos así de forma incondicionadamente buena, con buena voluntad. Por ello el fundamento de las acciones buenas es el deber, no la inclinación: para que una acción sea buena no basta que sea conforme al deber, además ha de hacerse por deber. El rigorismo kantiano implica el deber por el deber y por ello el imperativo moral prescribe una acción como buena de forma incondicionada, manda algo absolutamente. Sólo el imperativo categórico es imperativo de la moralidad. Kant dio varias formulaciones generales del imperativo categórico, entre las que destacan la “fórmula de la ley universal”, y la “fórmula del fin en sí mismo” (base del concepto moderno de “dignidad”), a saber:

  • “Obra solo de tal modo que puedas querer que la máxima de tu acción se convierte en ley universal.”
  • “Procede de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de los demás, siempre como un fin en sí mismo y nunca como un medio.”

          El idealismo trascendental rechaza la posibilidad del conocimiento metafísico (de Dios, el alma, la libertad…), pero para Kant hay otra experiencia que puede vincularnos con lo metafísico: la experiencia moral. Y ello a partir de los llamados postulados de la razón práctica o proposiciones que no pueden ser demostradas pero que han de ser admitidas si se quiere entender el “factum moral”. Desde la perspectiva de la razón práctica podemos defender la existencia de la libertad pues la libertad es la condición de posibilidad de la acción moral. Con el postulado de la libertad, Kant muestra que el hombre pertenece a dos reinos: el fenoménico (o mundo sensible), en donde todo está sometido a la causalidad, y el nouménico (o mundo inteligible o Reino de los fines) en donde rigen las leyes morales (la esfera de la libertad). A ese postulado hay que añadir el postulado de la inmortalidad del alma (pues la virtud necesita de un tiempo infinito para su realización plena) y el postulado de la existencia de Dios (en este mundo no coincide necesariamente la felicidad con el bien por tanto debemos pensar que existe un Dios que premie el bien con felicidad). Los postulados de la razón práctica llevan a lo que Kant llama fe racional que responde a la pregunta “¿qué cabe esperar?”: fe porque de ellos sólo cabe un convencimiento subjetivo, pero racional porque no vienen dados por urgencias de la revelación sino de la propia razón.

Esquema conceptual del pensamiento kantiano

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Kant en 24 minutos

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