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Agustín en ½ hora

Agustín de Hipona (354 – 430)

Resumen del pensamiento agustiniano

          Agustín de Hipona es el principal representante de la Patrística y el primer gran racionalizador de la religión cristiana. Para él no hay una diferencia radical entre razón y fe, la primera ayuda a encontrar la segunda (primero la razón precede a la fe) y más tarde a entenderla (luego la razón sigue a la fe). La razón por sí sola lleva al error, es falible e insuficiente, por sí sola es incapaz de llegar a la verdad, pero la fe se comprende mediante la razón como herramienta. La fe ciega es apta tan solo para el vulgo, el filósofo cristiano cree para entender, crede ut intelligas (“cree para comprender” le dice a los racionalistas), y para él es razonable creer, intellige ut credas (“comprende para creer” le dice a los fideístas).

            Agustín combate el escepticismo al que acusa de ser una doctrina que se autorefuta, pues dudar de toda verdad es ya una verdad: aquel que duda sabe con toda certeza que está dudando. El conocimiento para Agustín parte pues de la autoconciencia, se trata de una experiencia interna del alma. Hay tres niveles de conocimiento según Agustín, solo el nivel superior garantiza la verdad absoluta (inmutable y eterna).

            El conocimiento sensible lo comparten animales y hombres y es el nivel más bajo de conocimiento. Los sentidos nos permiten conocer un mundo en constante cambio, pero el conocimiento lo es de lo inmutable.

            El conocimiento racional es exclusivo del ser humano, juzga lo material recibido por los sentidos conforme a modelos inmateriales, universales y eternos. La mente reconoce la forma de un objeto captado por los sentidos y la identifica con una idea que le sirve de modelo a todos los objetos con esa forma. Obtenemos así una verdad lógica (adecuación del intelecto a la cosa, de los objetos sensibles a la idea impresa en el alma). El interior proporciona conocimiento, pero el alma también es mudable, las ideas no pertenecen al alma sino que existen fuera de ella, pero tampoco existen por sí mismas sino que necesitan de un ser que las contenga: Dios, del que puede decirse por tanto que es la Verdad misma. El conocimiento racional es pues un primer paso en el conocimiento, pero no asegura la verdad plena, ontológica (cuando una entidad es verdadera por sí misma, ser y verdad son uno).

            ¿Cómo podemos acceder a las Ideas? En Agustín la contemplación de las ideas que conduce a la sabiduría se da mediante un tercer grado de conocimiento, la iluminación divina, una acción de Dios permite conocer el ser de las cosas, su esencia. Se conocen las ideas sin mediar los sentidos, por sí mismas reflejadas en el alma. La introspección lleva a algo externo que existe por sí mismo, a Dios.

            Dios no precisa demostración, es evidente, pero se puede argumentar a favor de su existencia: por sus efectos (el orden y la belleza del mundo), por el consentimiento universal (según Agustín todos creen en un Dios) y por ser fundamento de la verdad (solo en Dios puede ser la verdad universal y eterna).

            ¿Qué es Dios? Es es el Ser en cuanto ser, aquello que le da su ser a las cosas. Dios crea el mundo ex nihilo, no es un mero Demiurgo ordenador de un mundo eterno, antes de él no había nada, ni siquiera el tiempo, que comienza con la creación (y dado que la materia ha sido creada por Dios no puede ser la fuente del mal, como defendían los maniqueos, o Dios mismo sería la fuente del mal). Las ideas sirven de modelos y actúan como causa ejemplar de las cosas pero existen solo en la mente de Dios. Dios crea el mundo por su libre voluntad, por amor, mediante el Verbo, que según Agustín es el Logos que contiene las ideas ejemplares, modelos de todos los seres. ¿Cómo se generan criaturas nuevas después del acto primigenio de creación divina? Mediante las rationes seminales (“razones seminales”), semillas invisibles de cuanto ha sido, fue y será, creadas por Dios al principio y que se despliegan en el momento que le corresponde sin una nueva intervención divina.

          Entre las criaturas creadas por Dios destaca el ser humano que es un compuesto de alma inmortal e incorruptible (pero no eterna como defendía Platón) y cuerpo mortal. El alma es una sustancia espiritual, simple e indivisible que actúa como principio que da vida al cuerpo, y posee tres facultades que reflejan la Trinidad divina: memoria (la identidad que es el Padre) por la que sabemos quién somos, inteligencia (el conocimiento que es el Hijo) por la que conocemos y voluntad (el amor que es el Espíritu Santo) por la que queremos. El cuerpo es mero instrumento del alma pero el alma no preexiste al cuerpo, el hombre es una unidad y si el cuerpo ha llegado a ser prisión del alma es a causa del pecado original que hace que el cuerpo acerque al alma a aquello que incita a pecar, por lo que el alma ha de dominar al cuerpo (no separarse de él).

            ¿Cuál es el origen del alma? Agustín oscila entre dos hipótesis (aunque privilegiando la segunda): el creacionismo según el cual Dios va creando el alma de cada individuo junto con su cuerpo (pero Dios no puede crear el pecado original) y el traducionismo según el cual una parte del alma pasa de padres a hijos (pero el alma es indivisible y simple, sin partes).

            El creacionismo cristiano conlleva el problema del mal: ¿Si Dios es omnipotente y es causa de cuanto existe, por qué existe el mal en el mundo? Agustín resuelve este problema mediante la idea neoplatónica de que el mal es privación, es ausencia de bien, y que por tanto es un no ser y no tiene realidad sustancial. Aún así subsiste el problema del pecado original y la gracia, pues para que el hombre haya pecado ha de ser libre, de lo contrario no puede considerársele culpable de sus acciones, ¿y dónde queda la libertad si el hombre es culpable por herencia (pecado original) y se salva por un designio divino por encima de su razón (la gracia divina que es la fe que por la que Dios salva a los hombres)?

            Según Agustín Dios sabe desde la eternidad quienes serán condenados (predestinación) porque sabe quienes rechazarán la posibilidad de salvarse, pero no por ello estos dejan de contar con dicha posibilidad. Esto lo explica Agustín distinguiendo entre libre arbitrio y libertad. El libre arbitrio es la capacidad de elegir, que lo mismo sirve para elegir el bien o el mal, pero dado que el hombre está en pecado este le lleva a elegir el mal. La libertad consiste en elegir el bien por obra de la gracia divina. El libre arbitrio es un bien porque conlleva la posibilidad de hacer el bien, es una salvación en potencia, y como tal un don divino y no un mal, pues le ha sido dado para hacer el bien (aunque el hombre lo emplee mal). Si el hombre careciera de libre arbitrio no haría el mal, pero de la misma forma en que el árbol no hace el mal, porque no elige. Cuando el hombre obra bien, por obra de la gracia divina, su libre arbitrio se hace libertad, pasa de bien “en potencia” a bien “en acto”.

            Este bien es el amor, pero no eros como en Platón sino ágape, el amor entendido como caridad, lo cual consiste en amar a Dios y a los hombres en función de Dios. La caridad es por tanto una disposición de la voluntad inversa a la que conduce al pecado, la concupiscencia (cupiditas) que privilegia a lo creado (sensible) sobre el creador (Dios). La teoría de la virtud da un giro con Agustín, la voluntad es superior al conocimiento, pues la virtud es precisamente la disposición de la voluntad que lleva a la caridad. De ahí que Agustín afirme “mi amor es mi peso”.

            Agustín es el primer pensador que intenta explicar el sentido de la historia y el creador del concepto de progreso. Con el cristianismo paralelamente a la idea de creación del mundo desde la nada, surge también una concepción lineal del tiempo y una concepción escatológica (salvífica) del devenir. La historia es la búsqueda de la felicidad, que se halla en Dios. Desde el principio de la historia dos ciudades conviven en el mundo: la ciudad terrenal es la de “aquellos que se aman a sí mismos hasta el desprecio de Dios”, personas de malas intenciones y pecaminosas, y la ciudad de Dios es la de “aquellos que aman a Dios hasta el desprecio de sí mismos”, personas creyentes y virtuosas. La historia es la lucha de estas dos ciudades que acabará con el triunfo final de la ciudad de Dios, el final de la historia. En la Edad Media se equiparará a la Iglesia con la ciudad de Dios considerando por tanto que el poder temporal debe estar supeditado al poder espiritual, lo que se conoció como agustinismo político.

Esquema conceptual del pensamiento agustiniano

 

Agustín en 13 minutos

 


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