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Nietzsche en 1/2 hora

(Nietzsche 1844 a 1900)

Nietzsche (1844 a 1900)

 

Resumen del pensamiento nietzscheano

            Conocemos la filosofía nietzscheana como vitalismo porque pone la vida como valor fundamental por encima de cualquier otro, lo que hace que esta no pueda ser juzgada desde cualquier otra instancia, pues es desde ella desde la que se debe juzgar todo. Según Nietzsche, este ideal aparece en la Grecia antigua en la convivencia primero y enfrentamiento después de lo dionisíaco (voluntad, la fuerza creadora, el instinto, el placer pero también el dolor, el dinamismo pero también la contradicción, impulso, tensión, violencia, éxtasis, y que se expresa fundamentalmente en la música y la danza) y lo apolíneo (representación, luz, equilibrio, razón, orden social, y que se expresa en la escultura y la arquitectura). En Grecia habrían convivido en perfecta armonía/disarmonía ambos impulsos siempre en conflicto, se trata de una visión trágica del mundo en que la vida es puesta en primer término y se acepta y afirma la continua lucha entre esos polos opuestos, Dionisos y Apolo, sin superación ulterior.

            Nietzsche hace una enmienda a la totalidad de la cultura occidental, se trata de una cultura dogmática y decadente, antivital, nihilista, que pretende enmascarar el carácter trágico de la existencia con falsedades.

            Nietzsche inaugura un nuevo método filosófico, el método genealógico, que aplicado a la moral revela que esta es un invento que nace con el judeocristianismo y la filosofía mediante una inversión de los valores, pues convierte términos que apuntaban a una diferencia meramente estamental en términos valorativos de carácter moral. De esta forma los valores tradicionalmente asociados a la nobleza como la fortaleza, el valor, la ambición, el individualismo… son relegados y criticados, mientras que se ensalzan la debilidad, la sumisión, la humildad y el sacrificio, que son los valores que invisten al esclavo. De esta forma, en términos de Nietzsche, con el judeocristianismo se impone una moral de esclavos o del rebaño frente a una moral de señores.

            La moral de esclavos es cualquier sistema de valores que juzga la vida no como un valor en sí misma, sino como algo sometido a una instancia superior que le otorga su sentido, así la moral cristiana, la kantiana, la socialista… todas aquellas éticas que someten al individuo a un mandato más allá de la vida como el de un dios, la conciencia o la sociedad. Se trata de una moral de débiles porque es el sistema de valores de quien es incapaz de crear los propios y en la que el hombre es esclavo y parte de un rebaño porque es incapaz de darse su propia ley y asume un sistema gregario de moral (de la Iglesia, de la patria, del partido…) que lleva a triunfar estos valores porque ensalza la mediocridad y la igualdad. Se trata pues de una moral nihilista pues al ensalzar el desinterés lo que hace es condenar a la inacción, anular la voluntad (que precisamente se mueve por interés) y hacer de la vida algo servil.

            Frente a esto, Nietzsche defiende una moral de señores propia de la aristocracia de la Grecia arcaica que ensalza la fuerza, el atrevimiento, la osadía, el placer, la autoafirmación, la ambición, esto es, la voluntad de poder. Esta voluntad de poder es impulso dionisiaco, de ser más de lo que se es. La voluntad de poder es un ideal estético, es la moral del artista, la aspiración a la genialidad, voluntad de crear, de superarse. Se trata por tanto de un ideal anti-igualitarista, cuyo mayor enemigo es la mediocridad, el señor es aquel que dice sí a la vida y rechaza toda uniformidad.

            ¿Y cómo han podido surgir estos valores antivitales? La moral del rebaño surge del resentimiento de la casta sacerdotal que lleva a que los sacerdotes acaben por imponerse a los señores y consigue que se declare como bueno lo que condena el aristócrata.

            Para Nietzsche no hay una auténtica diferencia entre moral y metafísica, ambas consisten en el mismo error, la creación de un “transmundo” (el mundo de las ideas platónico, el cielo cristiano, la sociedad del futuro…), en negar la existencia de lo dionisiaco y afirmar tan solo lo apolíneo. Frente al mundo sensible, el de la vida, el obvio, aquel en que “todo fluye”, dinámico, cambiante, inaprehensible, bello y terrible, trágico, Sócrates y Platón, los creadores del error fundamental, anteponen un mundo fijo, eterno, inmutable y cognoscible. Así, lo físico es condenado a mera apariencia, a “no ser”, y lo metafísico se toma por la auténtica realidad, como plenamente “ser”. El pensamiento metafísico supone pues nihilismo, voluntad de nada en tanto es negación de la vida.

            Lo que domina al filósofo y al sacerdote es la voluntad de verdad que da su ser a la metafísica, pues aspira a lo “en sí”, a lo eterno y universal, que está precisamente más allá de la vida. Según Nietzsche no reflejamos la realidad mediante una representación objetiva, pues nunca aprehendemos el objeto, sino su imagen, así pues el lenguaje, el conocimiento, refieren a la realidad mediante metáforas. El concepto falsea la realidad al privilegiar una única perspectiva, el concepto es rígido, reduce la pluralidad a unidad (un concepto refiere a muchas cosas semejantes), uniformiza, simplifica la realidad renunciando a su diversidad, a su riqueza, la empobrece. La ciencia se quiere objetiva, pero no existen los hechos mismos, todo hecho es siempre interpretación, no hay una única realidad, sino perspectivas, toda metáfora tiene varias interpretaciones o significados posibles. Para Nietzsche no hay verdad en sí, la verdad ha de estar al servicio de la vida, no es que el mundo sea incomprensible, es sencillamente que no es reducible a conceptos estáticos y universales.

            La filosofía de Nietzsche tiene como consecuencia última la expresión máxima del nihilismo que paradójicamente supone su negación y superación, un final que es un nuevo principio: la muerte de Dios. No hay que entender “Dios” solo en su sentido cristiano, sino en general como cualquier absoluto desde el cual se juzga la vida, llámese razón, Estado, progreso, ciencia… cualquier realidad suprasensible e inteligible dadora de sentido. La muerte de Dios conlleva pues la desaparición de todo valor moral y verdad asociada a cualquiera de estos absolutos, por tanto conduce al nihilismo. Pero el nihilismo tiene dos aspectos, uno negativo (nihilismo pasivo) y uno positivo (nihilismo activo): ante la muerte de Dios cabe reaccionar anhelando el absoluto con desesperación, o por el contrario asumiéndolo como la posibilidad de un nuevo comienzo que devuelve a la vida su sentido despejando el camino a la transvaloración de todos los valores propia del superhombre.

            Son superhombres los que asumen el eterno retorno de lo mismo y permanecen “fieles a la tierra” sin creer a los que hablan de “esperanzas supraterrenales”, que deben desaparecer por su decadencia, por despreciar la vida. El superhombre ha dejado atrás el resentimiento y el nihilismo, ha trasmutado todos los valores y su vida es absolutamente afirmativa, está más allá del bien y el mal, vive un principio de inocencia que le permitirá crear su propia “moral”. Se trata de un espíritu libre porque se ha liberado de toda nostalgia de sentir metafísico y ama con intensidad la vida viviendo en la finitud, amando el riesgo y la excelencia. Nietzsche nos insta a ser “un bailarín”, “un niño”, “un equilibrista” que viven la vida intensamente disfrutando del riesgo, se “juegan” la vida porque la vida es juego. ¿Qué otra cosa podría ser si no hay más que vida? El niño lo tiene claro.

            Por una parte el eterno retorno es una descripción del tiempo acorde con la concepción cíclica del tiempo de la Antigüedad, en la perspectiva nietzscheana, todo instante incluye lo que ha acontecido ya y está por acontecer porque cada instante está entretejido de forma indisoluble con todos los demás y por tanto los presupone y depende de ellos, el tiempo es uno y múltiple. Pero la idea del eterno retorno es sobretodo una prescripción, un estado de conciencia que nos devuelve a una total inmanencia, a la noción de que la trascendencia la tenemos aquí mismo, en nuestra vida inmediata, y a obrar en consecuencia, con un amor a la vida incondicional. En este sentido hay que entender el eterno retorno a la manera de un “como si”, un mandato de la vida, de la voluntad, un “obra como si este instante hubiera de repetirse exactamente igual eternamente”. Así, el eterno retorno es la afirmación del devenir por el devenir, sin un fin último, sin progreso, la vida como valor fundamental desde el que juzgar todo hasta el punto de no querer que nada sea distinto,viviendo cada momento deseando que se repita eternamente. Se trata de un “haz lo que quieras siempre que pongas todo tu ser en ello”, sin excusas, sin arrepentimientos, como la acción del héroe trágico, con amor fati (amor al destino), atreviéndote a ser tu propio destino, a “llegar a ser lo que se es”.

Esquema conceptual del pensamiento nietzscheano

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Nietzsche en 20 minutos

 


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